INSTINTO MATERNAL

Por Hector Tocagni

Esta historia, la escribió, el Médico Veterinario norteamericano James Herriot, inspirándose en sus experiencias profesionales en el Condado inglés de York. "... Parecía un poco absurdo, que un millonario rellenara boletos de quinielas, y sin embargo, esa era una de las principales fuerzas motivadoras en la vida del viejo Harold Denham Eso había creado un fuerte vínculo entre nosotros porque, a pesar de su afición, Harold no tenía ni idea de fútbol, jamás había presenciado un partido y no hubiera podido nombrar a un solo jugador de la liga. Cuando se enteró, que yo podía hablar con autoridad, el respeto con que siempre me había tratado se transformó en una atónita deferencia. Como es lógico, nos conocimos a través de sus animales Tenía una serie de perros, gatos, conejos, periquitos australianos, y peces de colores que me convertían en un asiduo, visitante de la soberbia mansión. Al principio cuando le conocí, las circunstancias de las visitas eran enteramente normales: su fox-terrier, se había cortado la planta de la pata, el viejo gato atigrado tenía sinusitis; pero más tarde empecé a abrigar ciertas dudas. Me llamaba con frecuencia el miércoles, y los pretextos eran baladíes que poco a poco, empecé a sospechar que al animal no le pasaba nada, sino que Harold tenía problemas con su quiniela múltiple... "... Sin embargo yo siempre le vi un cierto atractivo Era amable simpático, tenía un gran sentido del humor y me encantaba visitar su casa. Un día tuve que examinar a la gran perra danesa, que, acababa de tener cachorros, y no se encontraba muy bien Puesto que no era miércoles, pensé que a lo mejor la cosa iba en serio, y acudí allí a toda prisa. Harold me acogió con su saludo habitual. No se si pudiese, usted aconsejarme, señor Herriot- me dijo mientras abandonábamos la cocina y avanzábamos por un largo pasillo, escasamente iluminado - Estoy buscando un ganador de fuera de casa, y no sé si podría ser el Sunderland en el campo de Aston Villa Me detuve en actitud meditabunda, mientras Harold me miraba con ansiedad, y contesté. Me asió de un brazo, me lo oprimió con fuerza y me acompañó por el pasillo, riéndose por lo bajo. Al llegar ante la gran danesa, me expresó _ Tuvo los cachorros ayer -, dándole a la perra unas palmadas en la cabeza- y, esta sacando una secreción oscura muy rara. Come bien, pero me gustaría que le echara un vistazo. Los gran daneses, como todas las razas de gran tamaño, suelen ser animales muy plácidos. La perra no se movió mientras le tomaba la temperatura. Permanecía tendida de lado, escuchando con satisfacción los chillidos de los cachorros ciegos, que se encaramaban encima de ella, para alcanzar las hinchadas ubres. -Sí tiene un poco de fiebre y hay secreción, - palpe el alargado hueco del costado. _ No creo que haya otro cachorro aquí adentro, pero será mejor que lo compruebe, ¿Me quiere traer un poco de agua caliente, jabón y una toalla, por favor? Mientras Harold cerraba la puerta a sus espaldas, miré a mí alrededor, y de repente oí un rumor a mi espalda. Era un leve rugido amenazador. Me volví, y vi a la perra levantándose muy despacio, pero no como suelen hacerlo los perros, sino como si alguien tirara de ella con unas cuerdas desde el techo, enderezando las piernas casi imperceptiblemente, con el cuerpo rígido y todos los pelos erizados. Me miraba sin parpadear, y por primera vez en mi vida, comprendí el significado de la expresión "ojos llameantes". Solo en una ocasión había visto algo parecido, y fue en la cubierta de un viejo ejemplar de " El perro de Baskerville" Temía que quisiera arrebatarle los cachorros. Al fin y al cabo, su amo se había marchado y solo había allí un desconocido, inmóvil en un rincón cuya presencia no presagiaba nada bueno. De una cosa estaba seguro, la perra se iba a abalanzar sobre mí, de un momento a otro. . Afortunadamente estaba al lado de la puerta. Con mucho cuidado, deslicé la mano izquierda al picaporte, mientras la perra seguía levantándose con aterradora lentitud, rugiendo cada vez con mayor intensidad. Casi había alcanzado el picaporte, cuando cometí el error de agarrarlo con demasiada rapidez. En cuanto toqué el metal, la perra saltó del su catre como un cohete y me clavó los dientes en la muñeca Le golpeé la cabeza con el puño derecho y ella me soltó para morderme en la parte interior del muslo izquierdo. Grité de dolor y no se, cuál hubiera sido mi inmediato futuro, si no me hubieras golpeado contra la única silla que había en la habitación; era vieja y desvencijada, pero me salvó Mientras la perra cansada de morderme la pierna, saltaba súbitamente sobre mi rostro agarre la silla, y conseguí mantenerla a raya. El resto de mi aventura en la habitación, fue una especie de parodia de la doma de un león, y estoy seguro de que a un observador imparcial le hubiera resultado gracioso. Los nueve cachorros molestos ante la súbita desaparición de su cálida fuente de calor y de alimento, se arrastraban a ciega por el catre y chillaban a pleno pulmón El rumor espoleaba a la perra a atacarme, con furia creciente En determinado momento me acorraló contra la pared, con silla y todo, de pié sobre las patas traseras, era casi tan alta como yo, y las fauces abiertas me mostraban un inquietante, primer plano de los dientes. Mi mayor preocupación, era que la silla empezaba a dar señales de no poder aguantar mucho, la perra ya le había arrancado dos barrotes, sin hacer el menor esfuerzo, y yo procuraba no pensar en lo que ocurriría si el mueble se desintegrara. . Me acerqué de nuevo hacia la puerta, y cuando note que el picaporte estaba contra mi espalda, comprendí que tendría que actuar con rapidez. Lancé un último grito intimatorio, arrojé los restos de la silla contra la perra y salí corriendo al pasillo. Mientras cerraba la puerta a mis espaldas y me apoyaba contra ella, sentí el temblor de la madera, golpeada por el animal. Sentado en el suelo y apoyado contra la pared, subí los pantalones para examinarme las heridas; y entonces vi a Harold, al fondo del pasillo, caminando sin prisa con una palangana de humeante agua caliente en las manos y una toalla echadas sobre el hombro. Comprendí porque había tardado tanto: se debía haber pasado el rato vagando sin rumbo por su propia casa o tal vez pensando en los cuatro equipos que jugaban en esa oportunidad. Al volver a Skelade House, tuve que soportar ciertos comentarios irónicos a propósito de mis andares vacilantes, pero la sonrisa desapareció de Siegfried cuando este me examinó más tarde, la herida de mi pierna. Menudo tajo - exclamó soltando un silbido -. A veces hemos comentado en broma lo que podría hacernos un perro enfurecido. Bueno, pues te aseguro James, que eso a estado a punto de ocurrirte a ti. Poco después me fui de excursión a Escocia, sentí que el áspero revés de mis pantalones rozaban contra el semicírculo de la marca de los dientes en el muslo Fue un constante recordatorio de los peligros que entraña a veces la práctica, con los pequeños animales y una pequeña lección en la que aprendí, que incluso las perras dóciles pueden volverse agresivas cuando defienden a sus cachorros Como es lógico también se da el caso contrario. Muchas veces cuando me acerco a una perra rodeada de sus cachorros, observo que rebosa de orgullo y, cuando tomo en mis manos alguna de sus pequeñas criaturas, la veo menear la cola llena de felicidad. Nunca se sabe. Es una de las muchas incertidumbres de nuestra labor. (Bibliografía: Libro titulado "Historia de perros", autor James Herriot. Editorial Grijalbo Impreso el 25/ 7/ 1987.)